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Llovía. Era de esperar. Es lo que tiene el otoño en el Pirineo. La lluvia promueve que el monte de verde intenso se tinte de naranjas y rojos. Algún tono amarillo ocre. El Monasterio siempre luce solemne, más bajo el cielo gris.

Estaba preparando un informe de valoración de un candidato. Siempre me quedo clavada en el apartado de “motivación”. Me resulta tan complejo y simple a la vez. Me aburro de escribir siempre frases parecidas.

¿Qué nos motiva en nuestra vida? ¿en el terreno profesional? En general, hay quien tiene un cierto rumbo, una visión de lo que persigue. Y luego, hay que ir tomando decisiones ejecutivas, de corto plazo, que son las que nos permiten -o no- conseguir la visión.

Hay quién se motiva por el rol, por el poder, por el dinero. Algunos quieren cambiar de trabajo por la mala relación con su jefe, por la cultura tóxica -en su opinión- de la compañía, mal clima.

Otros hablan de estancamiento profesional. Sienten decepción o falta de ilusión. Me preocupan aquellos que se desilusionan recurrentemente.

Casi todos quieren tener autonomía. Dicen que un profesional se motiva cuando tiene un amplio marco de actuación, autonomía para tomar decisiones, y espacio para desarrollarse y aprender.

Cada uno, de su padre y de su madre. De hecho, yo creo que, en toda decisión, están nuestros miedos, inseguridades e ilusiones, pasiones.

En fin, ahí me saltó el mensaje con la noticia. Tan triste, aunque no inesperada.

Tras devorar unos cientos de kilómetros, llegue al Monasterio. Es una de las piezas más hermosas del románico catalán. Tiene más de 1.000 años.

Qué difícil entender las emociones de ese día. Por un lado, la alegría, ilusión, sorpresa, de reencontrarme con amigos de la infancia, a los que dejé atrás hace mucho tiempo. Pero que forman parte de mi vida.

El sentimiento más importante, la pena intensa, el dolor, porque nos faltaba una, la más joven. Despedirla era el motivo de nuestra reunión.

Y, por supuesto, el miedo que atenaza la garganta. Ese recordatorio de que no somos dueños del destino de este viaje. No vamos a vivir eternamente. Cuando hay tanto por disfrutar, la muerte se percibe repugnante.

Una vez dentro del Monasterio, imponente, tiemblo de frío. Pienso que hace más de dos décadas que no estoy ahí. Desde la última boda de una de las amigas. Entonces, éramos unas chicas llenas de ilusión. Ahora, somos mujeres adultas. Seguimos siendo comprometidas, leales, discretas, fiables. Nos educaron para ser buenas chicas.

Me da miedo preguntar cómo les ha ido en la vida. Cuál ha sido su motor. La motivación por la que luchan cada mañana. En cambio, surgen los comentarios habituales. Cómo están los hijos, el trabajo, cuatro datos, sin profundidad.

Me quedo en el tintero averiguar cómo nos sentimos. Si somos felices. Si lo que deseábamos hace más de dos décadas, cuando cada una empezó su camino, está conseguido. Si encontramos esa vocación y nos colmó. Si echamos de menos algo.

Me iré sin decirles que las he querido y que las sigo queriendo. Que lástima esa cultura austera de sentimientos en la que nos han criado.

Ni siquiera yo sé si conseguí lo que soñaba, si tuve una vocación que guio mi viaje, o si simplemente me dejé llevar por el viento que más soplaba.

En la ceremonia, el párroco, se esforzó en darle sentido a la despedida. Nos contó, que en el momento de la partida, Dios sólo nos hace una pregunta: ¿HAS AMADO?.

Curioso. Uno puede amar mucho o poco en intensidad. Puedes amarte sólo a ti mismo, o, al contrario, perderte en los demás. Puedes ser consistente en el objeto de tu amor, o cambiar de orientación con facilidad.

Quizás el párroco tiene razón. Y al final, el motor del mundo, esa fuerza que nos dirige e impulsa, tiene mucho que ver con el amor.

Muchos de los profesionales con quiénes trabajo, están condicionados por el amor a su familia. Y por ellos intentan conseguir la mejor posición, salario, trayectoria profesional. En otros, es el “ego”, o el amor por si mismos el que les impulsa a luchar. O el amor por una vocación, o simplemente por aportar valor a la sociedad.

El que no lucha, es porque no se ama lo suficiente, ni a si mismo ni a los de su alrededor. Las excusas son fáciles.

Nos besamos entre los paraguas en la despedida. Nos prometemos seguir en contacto, vernos con más frecuencia. Ya veremos. Como siempre, lo urgente y lo importante.

Me arrepiento de no encontrar el tiempo para compartir buenos ratos. Me pregunto, si el día a día está alineado con mi ser -mi deseo- más profundo.  Me pregunto qué le sigo pidiendo a la vida.

Una de las nuestras, que ya no está. Demasiado pronto. Sin despedirse, fue su elección.  En el viaje de vuelta, me quedé rayada pensando en una pelea que tuvimos de niñas, en la que le clavé las uñas y le desgarré la mejilla. Y algunas otras anécdotas más.

Recordé la película de COCO (Disney): “Solo se muere cuando se olvida, y yo nunca te olvido”.

La lluvia dio paso a un fuerte viento. M., t’estimem.

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