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Reed Hastings, fundador de Netflix, soltó en una entrevista en el Wall Street Journal hace unos días que no ve nada positivo en el teletrabajo. Dificulta la creatividad, la innovación, ya que es mucho más difícil debatir ideas.

Es un tema candente, ahora que empezamos a reunirnos, sobre la percepción que cada uno tiene sobre el teletrabajo.

Hay quién considera que es cómodo, flexible, con la dificultad de separar el trabajo de la vida personal. Hay quién se cuestiona la productividad y eficiencia de los equipos, y el cómo mantener la cultura empresarial y el compromiso de los empleados en el tiempo.

Hablando con un amigo, -y cliente, yo no separo demasiado la vida personal y la profesional-, comentamos que está claro que el teletrabajo es una herramienta complementaria, pero no suficiente.

De ahí, pasamos a recordar el experimento de Harlow, psicólogo americano, que a mediados de los 60 se propuso estudiar la teoría del apego. Para ello, experimentó con “macacos”, el diferente desarrollo emocional y cognitivo, entre monos que se criaban con sus madres y estas les amamantaban, otros a los que encerraban con una especie de figura de felpa parecida a una madre, un peluche, pero que no les podía amamantar, y otros a los que encerraban con un alambre que tenía un biberón del cual podían comer.

Curiosamente, los macacos bebés, preferían la madre-peluche al alambre, a pesar de que la primera no les amamantaba.

Además de comprobar que el vínculo íntimo no está directamente relacionado con la capacidad de alimentación de la madre, los macacos que se desarrollaban “solos”, bien con el peluche o -peor- con el alambre, tenían claras deficiencias de relación, sociabilidad y aprendizaje. Algunos incluso dejaban de comer, se inhibían de todo.

Salvando las distancias, el aislamiento social que puede producir el teletrabajo no contribuye al desarrollo del individuo. Obviamente, uno puede trabajar en casa -en remoto-, pero mantener una actividad social en su vida personal, para compensar.

Por otro lado, las neuronas espejo son las que se activan cuando observamos una acción, permiten comprender no solo la conducta de los demás, sino las emociones. Por ejemplo, cuando hablamos con alguien, dichas neuronas nos permiten interpretar el movimiento de las manos, y percibir mejor las emociones de la persona.

Somos seres sociales, con alta capacidad de interacción, de entender las intenciones y emociones de los demás. Sintiendo, no pensando.

Es difícil que podamos interpretar al de enfrente en una llamada virtual, a veces sin cámara, a veces con problemas de conexión. En todo caso, a mi el del otro lado se me asemeja a la madre de alambre de los macacos. Un timo.

No percibo a la persona completa a través de una cámara. Puedo entender su experiencia, sus competencias, pero es difícil percibir sus emociones, su personalidad.

Tampoco las feromonas -señales químicas que lanzamos al exterior- se perciben en modo virtual. Por eso me cuesta entender las relaciones privadas telemáticas. Les falta piel.

Con lo difícil que es relacionarse con los compañeros de trabajo habitualmente, y eso que nos vemos, coincidimos en el ascensor, la máquina de café o en la sala de reuniones. Nos olemos, -las feromonas famosas-, nos miramos a los ojos, percibimos. Es difícil mantener la misma relación de confianza y amistad a través de una pantalla.

Todos sabemos que los canales informales de comunicación, esas charlas en el pasillo, ese primer café con los colegas por la mañana, son de baja eficiencia cognitiva, pero alto rendimiento emocional.

Los americanos han creado canales de chat específicos para simular esas conversaciones. O también se agendan “happy hours” para compartir ratos virtuales informales. U organizan clases de yoga virtuales a la hora de comer. No lo veo.

Hace unos días, me sonó tarde en la noche una video llamada. Al otro lado, mi sobrina preferida, con la misma sonrisa de pilla que tenía de pequeña, iluminada por la ilusión, sosteniendo en el regazo un renacuajo asustado de poco más de 3 kilos. Aun no he podido ir a conocerla -es una niña-. Cuando me mandan videos, en el ordenador, veo que va ganando confianza y peso. Ni siquiera sonríe, ni nos ve, pero ya sabemos que es preciosa, y que es muy espabilada. Lo más bonito, los besos felices que su madre le da. Con tanto cariño, se va a comer el mundo.

Ahí, doy gracias al que inventó la video llamada, los smartphones y todas las herramientas de comunicación del mundo. Para algo nos tienen que servir. Eso sí, este finde me voy corriendo a verla.

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