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De regreso al aeropuerto J.Chávez de Lima, voy en una “vanette” medio lujosa, amplia, disfrutando de la
música latina, absorbiendo la vida que se ve al otro lado de la ventana. En los semáforos del atascado viernes tarde,
voy coincidiendo con decenas de “micros”, -también los llaman “peceras”- en las
que se amontonan personas, parece que casi sin respirar, cuerpo contra cuerpo.

 

Es lo que tiene una mega urbe de 9 millones de habitantes con un casi inexistente
servicio de transporte público. Zigzaguea mi “vanette” y uno de los “micros” y
cruzo varias veces la mirada con un joven. Me siento culpable de mi lujoso
automóvil vacío. Me siento culpable de haber tenido tantas oportunidades, de
haber nacido en un lugar, en una época, en la que he podido conseguir.

 

Hace poco, una colega rusa me contó que creció en un pueblo remoto, concentración de
“físicos nucleares” trabajando para el gobierno –obvio-, y que el salario de la
familia era de 20$ al mes. Hace unos de 25 años de ello. Les daba para
subsistir. Pero lo peor era aceptar que la situación era inevitable; que tú,
como persona, no puedes hacer nada para conseguir más, para vivir distinto.

 

En Lima, estos días pasados, encontré el perfil “superviviente” de “como no hay
nada que hacer, voy a esforzarme lo mínimo”. Y abunda el perfil “positivista”
de “estoy feliz; los últimos 40 años hemos vivido múltiples y complejas
vicisitudes, que nos han hecho unos
luchadores, emprendedores, supervivientes. Siempre nos levantamos. Esta
es la nuestra”.

 

 Los “positivistas” están pendientes casi de forma constante del índice de
crecimiento interanual, y se embarcan en discusiones si bajan del 5,5%, se
emocionan y encienden.

 

Creen que ya vendieron casi todo lo que tienen, y que esta es la última oportunidad
de invertir lo que obtienen de sus recursos en desarrollar el país. Aunque les
falta un rumbo. Se quejan de la inoperancia del Gobierno, de la corrupción –coíma-,
su falta de preparación, de conocimiento. Se comenta que hay candidatos “más
capacitados”, pero que nunca van a estar ahí, gobernando, porque son blancos.

 

Es así, el color de la piel sigue generando tantas diferencias, recelos,
desconfianzas. La mayoría de los que van en los “micro-peceras” no votarían a
un tipo tan distintos a ellos, de piel clara, con estudios y posibles.

 

 Como ciudad en pleno auge económico, Lima está invadida de carteles publicitarios
que invitan al consumo medido o desmedido. Todos los “personajes” que nos
sonríen desde las vallas o en el televisor, son modelos blancas, trigueñas, de
piernas largas y melenas doradas. Ellos tienen ojos y piel clara, figura
musculosa y esbelta. Vamos, lo opuesto a la realidad genética limeña. Los
modelos que generan “el sueño del progreso”, a quién todos quieren parecerse…
generarían, en caso de darse un garbeo por la ciudad, clara desconfianza.

 

En Lima te cuentan que no tienen un papá-estado que te proteja. Años luz de tener
servicios públicos “decentes” –bajo nuestro criterio- en sanidad, educación,
infraestructuras. No tienen pensiones dignas ni una retribución válida en
desempleo.

 

Claramente, eso condena a los que nacen más desfavorecidos a no poder avanzar. Por verle
algo positivo, todos son muy conscientes de que el esfuerzo individual es primordial
para la subsistencia. Mucho que discutir respecto a nuestra situación, bien
contraria.

 

He visitado Barranco y Miraflores, con sus lindas casas de acero y cristal mirando
el mar; sorbiendo la luz del Pacífico. Paseé por San Isidro, y algún barrio más
real, mezclada en las tiendas del pueblo, sintiendo el sudor inevitable por la
humedad, el polvo de la contaminación, viviendo la intensidad de los colores
con que viste la gente ahí.

 

Salir de nuestro entorno habitual es como cambiar de espejo. Uno se peina por las
mañanas mirándose del mismo refilón. Uno se contempla en el ascensor para ver
si luce bien el vestido y tiene aspecto elegante. Nos reflejamos en los
compañeros de trabajo, en los tipos de la mesa de al lado en el restaurante
habitual.

 

Cuando viajas, el espejo del hotel te devuelve una imagen distinta. Te ves las
arrugas, la tez de otro color. Te percibes diferente de los que se cruzan
contigo en la calle, del conductor, del locutor de radio al que no entiendes.
Te da que pensar. Valorar lo que tienes, tus oportunidades, lo mucho por hacer.

 

En el microbús, de camino al aeropuerto, pienso si los colores que se usan son
para contrastar con la casi-eterna neblina gris de Lima, o para gritar la
esperanza en conseguir algo mejor.

 

Como el domingo hay elecciones municipales, han prohibido el alcohol desde el
viernes a mediodía. Para que la gente vote sobria. Me queda pendiente tomarme
un Pisco, o quizás dos.

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