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En verano escucho música a
todas horas. En la vuelta al mundo real, intento mantener un hábito tan
placentero. El sábado, oía una entrevista a Miguel Bosé presentando su nuevo
trabajo (no me atrevo a llamarlo disco, ¡suena desfasado!) y comentó que su
reciente paternidad le había abierto los sentidos a un paisaje de emociones que
nunca imaginó. Me encantó la mezcla de dos palabras tan sugerentes.

 

En estas vacaciones, me he recorrido  unos cuantos paisajes, que me
despertaron cantidad de emociones agradables. Desde Madrid al Pirineo de
Gerona, pasando por la Costa Brava, y bajando más tarde hacia Málaga. Las
tierras del interior, secas y áridas me transmiten soledad y serenidad. Cuando
cruzo los Monegros, mi mente se relaja y me siento positiva y tranquila, será
la clara luz del sol. Los  bosques de mi
tierra me embelesan. Es una belleza profunda, ese verde intenso que produce la
mezcla de pinos, abetos y encinas, unos encima de otros, en una densidad
impensable y olorosa. La costa norte mediterránea combina el agreste monte
coronado por pinos dispersos, que se corta de forma abrupta sobre el mar azul,
profundo. Pasear por los acantilados, oyendo el mar a tus pies chocando contra
las rocas y dejando espuma brillante, me cautiva, no tiene igual. Cuando puse
dirección al Sur, me pasé horas concentrada en los olivos, que suben y bajan en
hileras, decorando las sierras rocosas que se deshacen poco antes de llegar al
mar.

 

Y así podría continuar, si no fuera que mi mente siempre salta más allá. En los viajes pienso que somos un
país de contrastes y de coincidencias. No son iguales las calas pequeñas del
nordeste que las playas extensas y arenosas del sur. No se comparan los dorados
campos de Castilla, con los pinos frondosos o con los olivos altivos. Todos
ellos conforman nuestra forma de ser, nuestra cultura. Y me pregunto por qué
nos empeñamos en resaltar las diferencias, en vez de acercarnos, unirnos, y
disfrutar el conjunto.

 

 En nuestra sociedad, cada vez más creo percibir el grupo o grupúsculo. Sea en quienes reclaman la
independencia como vía exclusiva de afirmar su identidad. Sea en los grupos
virtuales que se forman en la red. Cuando navego por las redes sociales
buscando gente a quién quiero conocer, me fijo que estamos conectados por
grupúsculos. Si uno es científico, todos sus “amigos virtuales” –o un gran
porcentaje” son científicos también. Si uno trabaja en el mundo “on-line”
(start-ups, marketinianos on-line, community managers, etc), sus amigos
virtuales también. Si te dedicas a la tecnología, probablemente estarás
conectado con decenas de ingenieros y tecnólogos, pero casi no tendrás a nadie
que se dedique al “fashion business”.

 

 Que curiosa necesidad de asociarnos y juntarnos principalmente por quiénes se parecen a nosotros. Seguro
que debe tener una explicación. Nos debe dar seguridad estar con nuestros
iguales, nos sentiremos fuertes, “normales”. Igual incluso tiene relación con
nuestra autoestima. Leí este verano a Enrique Rojas decir que “la autoestima es
el juicio positivo que uno hace sobre si mismo”. Pero añade algo que me encantó:
“Autoestima es seguridad y confianza en uno mismo. Y al mismo tiempo, tener una
mirada comprensiva, indulgente y tolerante hacia sí mismo y hacia los demás.
Ello comporta una forma de amor de ida y vuelta, propia y ajena, personal y
colectiva. Comprender es aliviar, disculpar, ser benévolo, ponerse en el lugar
del otro y a  la vez, clemencia en los
fallos y errores personales”.

 

Ojalá, en este otoño caliente, seamos capaces de pensar en el conjunto, de sumar en vez de restar.
De ser indulgente con los demás, tanto como lo somos con nosotros mismos.

 

En mi paisaje de emociones post-verano, me propongo dicho esfuerzo. Esto lo escribo mientras sorteo los
cientos de emails que van llegando, tras el paréntesis vacacional. Me encanta
el contacto con personas, sea el medio que sea; me siento tan feliz como Meg
Ryan en “You’ve got an email”.

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