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Oda
al gin tonic

Ayer disfruté de una comida a
tres bandas, en la que se lio la conversación, el vino calentó las confesiones,
y terminamos con una par de rondas de copas al borde de la exaltación de la
amistad íntima.

 El anfitrión de la comida,
rondando los 45 años –algo pasados-, contó su teoría de que estamos en la “mitad”
de nuestras vidas. Y no porque crea que vamos a vivir por encima de los 90
años, que es una posibilidad algo remota, sino porque cuenta solo “su vida
adulta”. Empezamos a ser “personas responsables” que toman decisiones que
marcan tu trayectoria vital en el inicio de la veintena.

Cuando terminas tu formación,
cuando empieza tu vida laboral; cuando conoces a tu primera pareja, que, en
muchas ocasiones se convierte en la madre o padre de tus hijos. Eso sucede a
los veintitantos.

 Esas decisiones, casuales o
meditadas, conforman la primera mitad de tu vida. Según las empresas donde
inviertes tu pasión y esfuerzo; según la pareja con quién te comprometes, dónde
decides vivir y con qué estilo… Pero ahora, cuando ya llevamos algunos años
largos en la cuarentena, todavía nos queda una “segunda mitad” de esa vida
adulta, que podemos disfrutar en plenas facultades y fuerzas.

Y ahí podemos decidir, desde
otra perspectiva y madurez, si nos gusta o no nuestra profesión, o con quién o
como vivimos. Nadie dice que cambiar sea fácil, pero tenemos la alternativa a decidir,
optar y conducir nuestra existencia.

Me encantó la reflexión. Será
porque cumplo años en unos días, en el inicio de la primavera, y es una cifra
muy bonita, y me da por pensar.

Hace años, mi amiga Pilar me
soltó un día que tenía que darme prisa en ser madre, porque los que no tienen
hijos, se quedan “congelados” en esa eterna adolescencia egoísta, “centrados en
sus deseos, en sus necesidades, mirándose al ombligo, y no  evolucionan como seres humanos”.

Como no he tenido la fortuna
de ser madre, a ratos me sobreviene la preocupación de valorar si soy una “Peter
Pan” que no ve más allá de mis fronteras, o si consigo mejorar como
adulto.  Reconozco que los niños y
adolescentes con quiénes convivo con distinta intensidad, me enseñan el
esfuerzo que implica cuidarles y educarles. Aprendo a posponer el “mi” por el “ellos”.

Eso sí, creo que hay personas
que son “padres” y siguen siendo egoístas, con sus necesidades por delante de
todo, y adultos sin hijos que no lo son.

Sorteado ese temor, preparo
mi “cumple” redondo, y alrededor del gin tonic les cuento a mis amigos cómo me
veo. En estas décadas, he acumulado experiencias, viajes exóticos, amigos allende
los mares, casi hermanos, jefes, colegas, mucho cariño…. En esa primera mitad “adulta”,
desde que me independicé hasta los 40, me perdí y aprendí varias veces.

Cambié de ciudad, de casa, de
coche y de hombre, más veces de las que hubiera deseado. En concreto, las
mudanzas me agotan. Hablar de hombres me parece una frivolidad, no bebo tanto
como para ello.

En esta segunda mitad,
disfruto mucho de lo aprendido y conseguido. Tengo menos apego a lo material,
tiro todo lo que puedo. Siento el paso de los años en lo físico, y hay mañanas
que no me reconozco con los dedos hinchados, que no recuerdo haber tenido estas
curvas desbordadas, y no me permito pensar en el cansancio. No me importa. Y me
siento muy querida.

Me sigue emocionando el
amanecer azul brillante, como el de esta mañana. Me sigo sintiendo vital y
dulce. Me visto de rojo muchos días. Tengo menos fobias y malos rollos. Y sólo
quiero seguir cumpliendo al sol, quedarme como estoy, en muchos sentidos. Y me
he pasado al whiski, que el gin tonic me arde en el estómago.

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18/02/2016
Será que el tiempo que viví en Argentina –años ha- me impregnó de la necesidad de autoanalizarse de forma continua. No está mal; el