Blog

Share on email
Share on linkedin
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on facebook

La comodidad de estar trabajando desde casa, en camiseta y algunos días sin maquillar, no me compensa.

Aprecio el bajar el ritmo vertiginoso que llevamos los que salimos temprano-temprano y volvemos tarde-tarde. Que nunca comemos en casa. El ritmo nos lo impone nuestra auto exigencia, responsabilidad, o quizás la permeabilidad ante la demanda de las organizaciones voraces.

Cuando me he puesto a escribir algo, porque llega el verano y me apetece compartir alguna idea, me he quedado en blanco. Nada.

Será porque no quiero hablar de esta etapa. Me agota volver una y otra vez a revisar las emociones de estos meses: rechazo a la realidad, resentimiento, aceptación, lucha…. Lo de siempre. Me aburre mucho.

Sé que esta cura de humildad en forma de pandemia me ha ayudado a escucharme a mi misma. Un poco más. Valoro tanto el silencio.

Podemos hablar -por ejemplo- de lo que nos ha costado convivir. Con uno mismo, con la familia, con las redes sociales, con las video-llamadas de amigos. Qué difícil. Perder tu espacio, tu intimidad, tu forma de vida.

Convivir es difícil. Mis amigas me miran mal cuando expreso que la familia es un invento -como menos- complicado. Alguien se inventó el matrimonio que no es la solución para todos. Ni de lejos.

Los antropólogos dicen que “la propensión de los hombres y las mujeres a formar relaciones duraderas con fines reproductivos es un rasgo antiguo, probablemente presente en los primeros miembros del género humano”. Pero nadie define duraderas.

En las sociedades no cristianas, judías o musulmanas, el matrimonio no era la norma. En la antigua Roma, la castidad no era una virtud, y no era necesario contraer matrimonio para tener relaciones sexuales ni para tener hijos. El matrimonio era una vía de asegurar la transmisión del patrimonio a los descendientes directos.  Básicamente, un contrato entre un varón y el tutor de la mujer.

Cuando se derrumba el Imperio Romano, a fines de la Edad Antigua, la Iglesia Católica Medieval toma las riendas de la ética y la moral en Occidente. Comienzan los tiempos del oscurantismo sexual y los tabúes dentro de la pareja. Se impone la monogamia formal.

Hasta el inicio de la liberalización de la mujer, en el siglo XIX, no surgió el concepto del amor romántico como base del matrimonio. Ojo, ya sabemos que el amor romántico es más antiguo -los trovadores y juglares-, pero no estaba relacionado con la institución.

Y en el siglo XX, con la mujer plenamente -es un decir- incorporada al mercado laboral, ha perdido auge el amor y ha ganado el sexo. Quizás relacionado con esa ansia inmediata de satisfacción, placer y felicidad tangible. No sé yo si es un triunfo, tengo muchas dudas. Eso sí, seguimos empeñados en convivir. En igualdad de condiciones, y con unas expectativas de emociones, comunicación y diversión -que se impregnan del entorno- casi inalcanzables.

No tengo ni idea de qué nos espera en unas décadas. Quizás cada uno se sentirá libre de compartir, o no, su día a día. Desearía que sepamos manejar las expectativas, las emociones, con respeto a los demás y comunicación ágil. Que sepamos equilibrar este narcisismo al que nos conduce ese deseo de inmediata, constante y propia felicidad. Lo que los medios nos muestran de continuo. Instagram es el postureo de la felicidad ficticia. Pobres jóvenes, qué valores les transmite nuestra sociedad.

En esta coyuntura difícil casi superada, en la que nos hemos dado cuenta de que no hay seguridad, y no podemos dar nada por sentado, hay relaciones de convivencia que han salido reforzadas, y otras, muy tocadas. Menuda conclusión.

La necesidad de mantener una relación íntima con la misma persona depende en gran medida de tu personalidad. De tu evolución, del compañero que escogiste, y a veces de las circunstancias.

Hay personas más dependientes, que se amoldan con facilidad a una convivencia. O a la evolución del otro. Otras son más independientes, o cambiantes, o egoístas. Y sí, el miedo a envejecer -en hombres y mujeres- a veces nos lleva a decisiones drásticas.

Lo complicado es percibir un drama en los cambios. Cómo nos cuesta cambiar. Lo duro es vivir de continuo en la infelicidad.

Y ya no entro a hablar del amor. Que tiene tantos matices y sabores. Lo dejo para otro día.

En mi caso, he convivido con una araña. No estábamos solas, pero desarrollamos una relación especial. Yo la contemplaba en su rincón, intentando entenderla. De vez en cuando le contaba una historia. Cuando notaba mi presencia, ella se quedaba quieta, expectante.

Un día desapareció, pero no la eché de menos. Las relaciones, personales o profesionales, se desgastan.

Si llega a durar más la reclusión, acabo hablando con las persianas.

A vosotros sí que os extraño. Cuando me puse a escribir, me di cuenta de que no tengo nada que contar, porque he dejado de tomarme cuatro cafés al día, tener unas cuantas reuniones con desconocidos que se convierten en amigos, que tanta vida me dan, de las cuales tanto aprendo. Eso también es en cierta medida, convivencia.

Me cuesta mucho inventar. Yo sólo sé escribir de mis experiencias. Es una limitación que tengo asumida.

No quiero seguir parapetada en mi pantalla. Me hace falta el olor, la mirada cercana, el contacto. No es lo mismo. No me gusta este “Mátrix” en el que nos han metido.

Un verano de incertidumbre, de resiliencia. Ahuyentando las sombras de angustia. Ni siquiera los melocotones tienen el mismo sabor. Keep figthing.

Más artículos

15/12/2015
Lo mejor de la Navidad son los cuentos, que siempre terminan bien. En todas las películas navideñas sucede un Milagro. Incluyendo la españolas. ¿No