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Manda
uebos
Estas últimas semanas han
sido un trajín, un descontrol. Uno se olvida de que vive en sociedad, y que
para facilitar la convivencia hemos definido unas normas, y hay que
respetarlas.
Las reglas pueden ser buenas
para los demás, o bien nos resultan indiferentes. Cuando nos las aplican a uno
mismo, escuecen. En este estado -que somos todos-, soy una delincuente, o
parecido. La autoridad legal –o poder, no me queda claro-, en base a la regulación
existente, me retiró mi licencia de conducir.
Curiosa situación. Yo me
considero una conductora segura, versada, muchas horas de vuelo, de recorrido. El
órgano competente me considera un elemento peligroso para la carretera, y me ha
obligado a re-estudiar, a examinarme. Sentí angustia, desazón.
Pero…”manda uebos”, que,
según María Irazusta (“las 101 cagadas del español”, glosario muy divertido) proviene
del latín, mandat opus, y significa “la necesidad obliga”.Opus”
derivó en “uebos». No tuve
más remedio que apuntarme a un curso de reciclaje y sensibilización para
conductores.
En el inicio, es parecido a lo
que vemos de “alcohólicos anónimos” en las “movies” americanas, y tienes que
exponerte al grupo, y contar por qué has perdido todos tus puntos como
conductor. Algo así como una catarsis colectiva. Esa fase debe tener un
objetivo de cohesionar al grupo. Relaja reconocer experiencias similares,
resentimientos en el de al lado que no te atreves a expresar, aunque sea un
completo desconocido y tengas poco más en común.
Se generan grupúsculos, los
jóvenes, en su mayoría penalizados por conducir bajo los efectos del alcohol –esa
droga muy peligrosa y tan popular-, que se muestran avergonzados y prometen no
reincidir –ojalá-; los que adoramos hablar por el móvil mientras conducimos,
los que corren mucho… y luego están los resentidos con la sociedad, o con la
autoridad, que siguen hilando quejas y asegurando que ellos no estaban allí, o
que no están de acuerdo con las normas. Cada uno asume sus problemas como le
apetece, como le sirve. Para mí, el enfado sólo muestra la incapacidad de
controlar, una pérdida de energía y tiempo.
Como en toda situación, saco
algo positivo.  El análisis de poder o
autoridad es entretenido. Por unas horas –muchas- estás “sometido” a las normas
y condiciones del “aparato”, del “sistema”, y de las personas que lo representan.
Les respetes o no. Tienen el poder, aunque tú no les otorgues ni autoridad ni
credibilidad. “Mandat opus, manda uebos” (necesidad obliga). Me da qué pensar
que no tenemos muy claro a quién otorgamos el poder.
Lo mejor de todo es mezclarse.
La oportunidad de compartir unos días, unas charlas, varios cafés, con personas
diversas –lo mejor de cada familia- y buscar coincidencias, nexos. Nos sentimos
en el mismo barco.
Yo les escucho con todos mis
sentidos. Abro enormes los ojos para no perderme detalle de la dinámica del
grupo, quién se posiciona como líder, quién pretende pasar desapercibido, quién
necesita el reconocimiento de los demás, quién tiene un bis analítico o emocional.
Una reunión cualquiera.
Mi compañero de banco –cubano
oscuro- toma notas entreverando las frases del profesor. Cuando realizamos
ejercicios, se aleja de los tiempos medios de respuesta, pero me dice, con sinceridad,
muy buen humor y calma “que no se va a estresar por eso”. Y me río tanto. Tópicos.
Me acomodo en la silla y
pienso, una vez más, que cada persona es única –combinación irrepetible de carácter
y anhelos- y que, a la vez, todos somos tan parecidos –mismos miedos, mismas
ilusiones-.

Me pillo un taxi, tras una
sesión de 7 horas, -y son varias-, y llego a casa con cierta congoja acumulada;
ataco el frigo sin bajarme de los tacones. Que ganas de volver a ser legal.

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