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Parece que nunca sucedió. Lo de la pandemia, la mascarilla. Desde que podemos relacionarnos cara a cara, me siento feliz. Volvemos en masa a los restaurantes, a las reuniones presenciales, a la oficina.

Seguimos en el debate de cuál es el mejor modelo de trabajo. Por supuesto, hay defensores y detractores -con datos-, del modelo presencial, del virtual e incluso del mixto.

Yo me asomo a la pantalla de mi ipad varias veces al día -unas cuantas-, y no hay color. Qué difícil resulta reírse, profundizar, generar conexión, innovar, cotillear, quererse, a través de una pantalla. Las pantallas -de momento- no tienen olor… no puedes tocar al de enfrente.

En la valoración de candidatos, la pantalla te permite entender las competencias técnicas, y quizás algunas facetas de la actitud, de la personalidad. Pero se pierde mucho. Es necesario mirarse a los ojos, compartir mesa, charlar en modo relajado, para entender mejor al otro, para generar calidez.

Lo importante -dicen-, no es la proximidad, sino la conexión. Puedes estar en el cubículo o en la mesa de al lado de un compañero durante años, y no tener relación.

La conexión entre las personas se genera por cercanía emocional. Al compartir valores, historias, emociones, que no están estrictamente relacionadas con la función que se desarrolla. Eso requiere tiempo, un entorno relajado, seguro.  Compartir anécdotas, planes, problemas, acerca a las personas, más allá del profesional.

Dicen los anglosajones que uno de los aspectos más relevantes que se pierde en la distancia es la creatividad, la innovación, que se produce -en ocasiones- por “serendipity” (que palabra tan bonita), de casualidad. En fin, quizás la oficina debería ser un entorno cálido, que integre, agradable, pero sin obligación. Como ser novios, o amigos con derechos.

Spring is in the air. No de casualidad, que ya tocaba. Y esta primavera nos ha llegado con tremendo desasosiego. La guerra, -invasión- está cerca. Nos sentimos amenazados. Tenemos compañeros allí.  Las imágenes diarias estremecen. Y no por repetidas dejan de impresionar.

El fuerte ritmo de demanda de talento que llevábamos en los últimos meses está de frenada. Tras un periodo exaltado de actividad, estamos preocupados, y la incertidumbre es negativa para el empleo.

Llevamos años sin inflación -varias décadas-. No sabes como gestionarla. A poco que no la controles, te come el margen. No tenemos procesos, ni sistemas, ni capacidad de análisis. Y ya está aquí. Y nosotros seguimos distribuyendo el 80% de los fondos europeos en empresas públicas.

Los de a pie, dudando entre mantener inversiones -tan típico español- en ladrillo, o pasarnos a las criptomonedas. Hay un abismo entre ambas opciones.

Siempre apuesto por ver lo positivo de la situación. Asumir la incertidumbre como parte de la realidad. Es un reto, y nos hace crecer.

Preparar a tu compañía y a ti mismo, para ser flexible, para el cambio continuo. Eso, los jóvenes lo llevan mejor. Nos desarrolla la capacidad de adaptación.

Hay que buscar el cambio. Desearlo. Asumirlo con ilusión. Buscar desarrollar roles distintos, en sectores nuevos, en compañías con cultura variada, en otras geografías. Hay que esforzarse en aprender un tema nuevo. Ya mismo.

Las decisiones hay que tomarlas con rapidez, y eso implica tener una alta capacidad de análisis. En las compañías, requiere procesos sólidos, tecnología ubicua, y trabajo en equipo. En general, siempre ven más cuatro ojos que dos.

Cuando me preguntan qué perfiles necesitan las compañías en estos tiempos, siempre respondo lo mismo, que suena a tópico, pero es real: personas flexibles, con capacidad de adaptarse, que sepan trabajar en equipo y les ilusione el cambio y la diversidad. Que no tengan miedo a equivocarse, pero con alta capacidad de planificación y análisis.

Siempre añado -de mi cosecha- que tengan una autoestima sana. Que sean valientes, que se atrevan.

La autoestima no tiene nada que ver con el orgullo, ni con el narcisismo.

La autoestima refleja cómo nos valoramos, cómo nos tratamos a nosotros mismos. Creo firmemente que la autoestima es un sólido vaticinador del éxito de una persona, quizás más que la inteligencia. Es crucial, ya que de ella dependen nuestra estabilidad y satisfacción personal.

La autoestima no depende de cómo nos va en la vida. No tiene relación directa con nuestros logros, habilidades, reconocimientos. Si, de nuestra valentía y atrevimiento.

El orgullo, es el placer y satisfacción por el logro. La autoestima, la confianza y contento en uno mismo. En realidad, son las dos caras de la misma moneda. Quién tiene una autoestima sana, no alardea de sus logros sin proporción. El orgulloso o prepotente, suele escasear de autoestima.

Spring is in the air. Ganas de seguir aprendiendo.

 

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13/07/2020
La comodidad de estar trabajando desde casa, en camiseta y algunos días sin maquillar, no me compensa. Aprecio el bajar el ritmo vertiginoso que