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A veces, no queda más remedio que discutir por teléfono.  Porque el otro está lejos o por la urgencia del tema a resolver. No me siento nada cómoda, porque soy una ferviente defensora de la calidez de las miradas, y me aterra el poder de las palabras metálicas.

Hace unas semanas, me llamó desde Lisboa una muy querida amiga y compañera desde hace un par de décadas, y me contó que estaba preocupada por mí. Ya no me sentía la misma. Porque yo ya no luchaba con la misma fuerza y fervor por nuestros derechos o necesidades.

Me dejó anonadada. En el mismo instante supe que tenía razón. Un golpe en la frente. Reconocer lo que llevaba tiempo sintiendo.

Siempre he sido luchadora incansable, “never give up” fue mi lema durante años, abanderando causas propias y ajenas, sin medir consecuencias, sin conocer el miedo.

Ahora escojo las batallas. No sé si por ahorrar energía, o -quiero creer-, que desde la serenidad que me aporta la experiencia, controlo mejor mis emociones, y decido cómo invertirlas.

Bien decía Josep Pla – ese escritor de lujo, tan incómodo para la burguesía catalana- que la juventud es la etapa más estúpida de la vida.

No es que los jóvenes sean tontos -sólo algunos-, sino que no hay mayor don, mayor tesoro, que la experiencia.

El aprendizaje en la vida, nos ayudan a conformar un tamiz en el que filtramos lo que nos pasa, para quedarnos con lo más valioso. La experiencia construye una red de criterios que va dirigiendo nuestras decisiones.

A todos nos suceden hechos similares: tenemos éxitos profesionales, discutimos con algún compañero, reorganizan la compañía y prescinden de nosotros, llega un compañero más joven y tiene mejores resultados…

La diferencia radica en el aprendizaje positivo y equilibrado que hacemos de la situación. La capacidad de crítica saludable, positividad y lucha.

Hace unos días, un directivo con quién estaba revisando un perfil a buscar en el mercado, me dijo: “La diferencia entre un tipo muy inteligente y otro mediano, no es tan grande en la compañía, lo que marca la distancia de resultados es la actitud”. Y estuvimos un rato definiendo el significado.

Escojo tres características que valoro como relevantes en los profesionales, que ayudan -en mi opinión- a conformar esa red de experiencias, esa actitud, ese tamiz:

La capacidad de desarrollo. La curiosidad constante por aprender, por mejorar, por llegar a más, es una de las características diferenciales entre profesionales. Todos conocemos ingenieros que llevan décadas en el mismo rol, con un sueldo y perfil discretos, y otros que lanzan cohetes a la luna.

Como dije recientemente, el que se “aclimata” se “aclimuere”. Nunca fui capaz de saltar el “potro” en la escuela. Porque no lo entendí necesario. Pero soy feliz cuando reconozco que sigo aprendiendo día a día. Ahora salto a la comba, que es más fácil.

La empatía. No se puede ir muy lejos si se va solo. Vivimos en una sociedad, donde hay que convivir y desarrollar en equipos. Entender la necesidad del de enfrente, de escuchar y colaborar, nos hacen triunfar, o nos conducen al ostracismo individual.

Hay un matiz entre oír las palabras, y entender la emoción. Ahí lo dejo. Los buenos negociadores lo saben bien.

En una reciente comida de trabajo, mi interlocutor me recitó y describió durante 90 minutos sus excelsas capacidades de negociación. Yo dudaba. Si no era capaz de percibir siquiera mi aburrimiento.

La energía. Fluye en una conversación. No se trata de movimiento rápido, ni de sonidos intensos. Es la determinación, el ritmo, la cadencia que transmite una persona, y encaja o no en tu forma de ser. No siempre depende de ti estar en tus máximos de fuerza física, pero hay que esforzarse en mantener un buen nivel que asegure el rendimiento. Es como Benzemá, que está rindiendo más esta temporada; ha bajado de peso y ha entrenado más, cuenta.

Todos tenemos las mismas oportunidades. Pero no somos iguales. Somos libres, nos equivocamos, entendemos, aprendemos y continuamos. Y eso construye nuestra red, que tamiza las decisiones.

Para conseguir las angulas -preciado manjar- se usan unos cedazos de madera, con el tamiz muy muy fino. Si no, se escapan.

Hace tiempo que abandoné el “never give up”. A veces es mejor cambiar de objetivo. Y no es cobardía, sino racionalidad.

Dijo J. Pla, “Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual, todo el mundo opina.”.

Yo, una más. No sé yo que pensaría -con su cinismo irreverente- si levantara la cabeza. Tributo en el día de Sant Jordi, a uno de los mejores prosistas de mi tierra, Gerona, y mucho más allá.

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