Blog

Share on email
Share on linkedin
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on facebook

 

Siempre hablo de mi pueblo. Así, en genérico, porque pocos lo conocen y disfrutan. Mi pueblo, donde he crecido, es Ripoll, tristemente famoso desde este pasado verano.

Me cuentan mis primos y amigos que la crispación, el miedo, ahondan las diferencias entre los vecinos. Divididos por etnias, por religión. Unos se alinean y comprenden al alcalde –¿buenismo?-, que propone asignar una compensación económica a las familias de los terroristas, para enjuagar la mayor dificultad que tienen en su integración; Están quienes quieren expulsarles. Entre ambos extremos, más de diez mil opciones, tantas como habitantes.

Será porque cada uno es único.

Algo haremos mal, si no somos capaces de integrar a los inmigrantes. Dijo Günter Grass: “Europa no debería tener tanto miedo de la inmigración: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje.” Sigo con Eduardo Chillida: “Un hombre, cualquier hombre, vale más que una bandera, cualquier bandera”.

En fin, debe ser así, pero en el corto plazo no resulta fácil. Eso no quita responsabilidad al que no se integra, a quién acumula odio, al que asesina.

Siempre es tu decisión el modo en que reaccionas ante una situación. Nadie saca de ti lo que no llevas dentro.

El lema post-atentado fue “No tinc por” (No tengo miedo). Quijotesco.

Me recordó la historia de Juan Sin Miedo, que no temía nada. Salió de su casa dispuesto a correr aventuras esperando toparse con alguna situación que le hiciera sentir o percibir cierta angustia o temor. Se encontró a una bruja, se enfrentó a un ogro, sin percibir ni brizna de pavor. Llegó al castillo encantado, donde pasó tres noches seguidas y se ganó la mano de la hija del rey.

No sabemos si el matrimonio merecía la pena, pero los cuentos de Grimm no han tenido segundas partes, ni muchas temporadas como las series de hoy. Si sabemos que su princesa /esposa consiguió asustarle… derramando encima de él una jarra de agua mientras dormía.

Igual lo de la jarra es una metáfora que no consigo entender. Quizás significa que el temor está dentro de cada uno.

El miedo está ahí, a la vuelta de la esquina, en cualquier pensamiento que te cruza raudo. Dijo Quevedo “el ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar”. Y remató Locke “lo que te preocupa, te esclaviza”.

Yo tengo miedos. Diversos, en intensidad, en relevancia, origen, duración. Íntimos o públicos. Convivo con mis miedos con naturalidad. Vigilo la intensidad para evitar que me esclavicen, atenacen, presionen.

A diario, huelo el miedo de los demás, en las conversaciones que comparto. El temor a perder el trabajo, a quedarse estancado en una posición, a equivocare en una decisión, a ser rechazado.

Los miedos “dicen” quién eres. Cuentan de qué eres esclavo. Del dinero, del poder, de la opinión de los demás, del abandono, de no cumplir con lo que se supone son tus objetivos. Razones muy básicas,

Tu capacidad de gestionarlos, convertirlos o remitirlos en prudencia, evitar que te bloqueen, es parte de tu madurez.

Siento miedo cada vez que le doy al botón de “enviar” y remito un nuevo “post”. El temor al “rechazo”. (Sigo creyendo en mí).

Me sé vehemente, y sufro por controlar mi pasión, que tiende a desbordarse y ofender. Mi madre dice que no es pasión, sino mala leche heredada de mi abuelo –paterno, por supuesto-.

Para derrotar el miedo hay que reconocerlo. Y aunque Don Quijote le decía a Sancho que “uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos”, para superar una vulnerabilidad no hay como admitirla.

Hace unos días, mi querida amiga L. ha vuelto al trabajo y a la vida social. Un verano intenso, con nubarrones que finalmente se disipan. Sin perder su sonrisa brillante, cubriéndose con pañuelos étnicos donde estuvo la melena. Me mira y percibo su determinación, su coraje, su ilusión por el futuro. Sé que tiene miedo y los afronta. Me hace sentir fuerte, capaz de todo. No sé cómo darle las gracias.

Más artículos

09/10/2013
  Siguiendo con mis cavilas mentales – la última fue talento o vocación- me sorprende en la radio Alejandro Sanz cantando (lo adapto un