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En una de las copiosas y deliciosas comidas de esta pasada Navidad tuve una revelación. Comenté lo divertido que me parecía el anuncio de Fofito –uno de mi héroes de infancia,
por lo que quizás soy algo parcial-  con una carga de positivismo algo azucarado, y mi sobrina, de 22 años, me dijo que no sabía quién o qué era Fofito. El resto de “jóvenes” de la mesa tenían alguna idea remota del personaje. Y ahí, me sentí mayor.
Me ausenté de la realidad para pensar de qué hablan las parejas como Demi Moore y su (ex) Ashton Kutcher, Trump con su útlima esposa o Briatore con la suya. Por no poner ejemplos nacionales. Si uno no puede compartir con alguien las tradiciones con las que creció, la cultura que vivió, a qué jugaba en la infancia o cómo pasaba las horas de adolescente por la calle… seguro que se generan diferencias. Serán abismales o no.
De vuelta en la mesa familiar, mezclando la conversación con la comida, qué placer ambas, me doy cuenta de las diferencias generacionales entre los que ahí estamos entrelazados.
No sé si será cuestión del desgaste que produce la edad, de la reducida energía o la actividad limitada, el caso es que los abuelos se pierden en la realidad tan
“dispar” de los jóvenes. Les cuesta entender las anécdotas que cuentan, se aburren, dejan de interactuar o cambian de tema, pareciendo que no tienen interés o que no les valoran. Les abruman los avances tecnológicos, no conocen las tendencias culturales, o el ocio que disfrutan.
Los jóvenes, será por el estado hormonal o la ilimitada energía que les fluye, están en una etapa de “mi mismo” donde el centro del Universo son ellos, sus actividades y sus amigos. El resto tiene un interés sordo y remoto.
Los que estamos en medio, en edad indefinida, batimos las pestañas de un lado a otro de la mesa, sintiéndonos como el jamón –que anuncia Fofito- en un sándwich, o mejor, la mantequilla que unta –concilia- las rebanadas y chorizo picante. Intentamos que los jóvenes respeten y den espacio a los mayores. Mostramos nuestro cariño a los abuelos; yo les toco mucho, les sonrío.
Cada vez que veo un bebé, me salta en la cara una expresión boba y babeante, ni siquiera la controlo, y me lanzo a hacerle mimos. Y pienso que, más que los bebés, son nuestros mayores quienes necesitan que les abracemos, que les demostremos cuánto nos gusta estar con ellos, escuchando con interés sus historias de la vida diaria. Hemos aprendido tanto de ellos.
Hace muchos años, en esa juventud invencible que uno siente, pretendí ser la mujer ideal. Hija perfecta, en los estudios, en el comportamiento; hasta que me comprometí a fondo en algo que no me convenía. Viví un tiempo de angustia y desazón. Es doloroso sentir que uno se equivocó mucho, que no es capaz de cumplir lo que prometió. Me dolía físicamente el pensar que estaba decepcionando a mi familia.
Y un sábado por la tarde, delante de un café en una terraza, mi madre me preguntó si era feliz. Para continuar, con suavidad, expresando que ellos –los míos- confiaban en mí, y me apoyarían en cualquier circunstancia y decisión que yo tomara en mi vida.
Menuda lección de liderazgo, de desarrollo de personas, de empoderamiento del joven. Confiar que uno tiene la respuesta dentro de sí mismo, que va a encontrar el camino. Así me lo transmitió mi madre, que no ha pasado por una escuela de negocios.
Está claro que la confianza no puede ser indefinida. Florentino Pérez no puede apoyar a Mou haga lo que haga. Todo tiene sus límites. El líder “sabio” confía en el “joven”, y le orienta para que encuentre su camino, se desbloquee, y dé con sus repuestas.
Nunca he podido recordar ese momento sin emoción. Y vuelvo a la mesa de Navidad, donde aleteo las pestañas hacia los mayores, y me pongo a escuchar con atención el último capítulo de la telenovela que me cuenta mi madre. A saber qué voy a aprender. Bendita Navidad.

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09/01/2011
No eres nadie Parece que si no estás en Facebook, Twitter o Linkedin, no eres nadie. Yo misma recomiendo a los profesionales con inquietudes,