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No me da vergüenza ni pudor admitirlo: invierto en bolsa. Casi debería darme miedo reconocerlo, con la “caza de brujas”  que se está iniciando a los denominados ricos (cuya definición va cambiando, según ZP, y que se está convirtiendo en una clase muy extensa).
Y a raíz de ello, me acerco a un asesor financiero. Le miro bien y le escucho, y no sé si ha cumplido los treinta. Me evado de la conversación, pensando en cómo puedo dejar mi dinero, fruto de mi esfuerzo, en manos de un jovencito de su edad. Y el hilo de la mente se enreda en un debate candente que es el equilibrio entre Experiencia y Energía. Tal cual. Y cuya relevancia aumenta en esta coyuntura actual (para no llamarla crisis).
Es un hecho incuestionable que hemos perdido talento y experiencia en los últimos años, fruto de distintos factores; por ejemplo: sobreestimación de la juventud; necesidad de “reducir” la masa salarial, que, en muchas compañías, se hace con masivas pre-jubilaciones; y nuestra inercia a volvernos “obsoletos”, o mejor, falta de hábito de seguir aprendiendo a lo largo de nuestra vida profesional.
Parece mentira, nos esforzamos durante años en la Universidad, el máster, para luego… durante la vida profesional, asumir que “ya lo tenemos todo aprendido”. O, que el “hands-on” nos va enseñando. O nos apuntamos en diversos cursos de idiomas o competencias de moda, que no están alineadas con el contenido técnico de nuestro entorno, o con la realidad cambiante del negocio. En este mundo de aceleración y cambio constante, de globalización, hay que esforzarse cada minuto, cada día, en aprender. Una carencia habitual en ejecutivos con “seniority” es la educación en nuevas tecnologías. Como dicen algunos ejecutivos de primer nivel, la tecnología es un paso imprescindible para mejorar el desarrollo de nuestra sociedad y nuestro modelo productivo. Faltan directivos que entiendan el potencial de las mismas, y que apuesten por explotarlas.
No obstante, yo soy una defensora acérrima de la experiencia. Estamos perdiendo muchas respuestas, muchas preguntas, orientaciones, ideas, en personas que están apartadas de nuestra sociedad económica, porque en algún momento alguien les considero demasiado “viejos” para producir. Entre ellos, muchos siguen teniendo ilusión por aportar, por hacer. Creo que, además, les debemos una oportunidad de participar con nosotros en este camino. Me enseñaron que tenemos obligaciones con nuestros mayores.
Por supuesto, reconozco que la juventud suele ser una fuente de energía, de fuerza, de creatividad, de ambición. Pero, por si sola, no nos vale. Mirando a mi asesor financiero, pienso en cargos públicos (ministros?), en cargos políticos… donde ha primado el “ejemplarizar” y colocar juventud respecto a experiencia. ¿En manos de quién estamos?
En cada equipo, en cada célula de una organización, donde se gobierne y gestione, es conveniente encontrar el equilibrio entre ambos. Aprovechar la experiencia que proporciona el haber recorrido muchos caminos, luchado en muchos frentes, potenciar la formación continuada y combinarla con la energía, la luz de la juventud.
En mi caso, a mitad de camino de todo, me acuerdo de la canción de Tontxu, la de “treinta y tantos”… que dice así: “Está mejor que nunca, conoce sus encantos/ Está mejor que nunca, ya nada le hace daño, y miente cuando dice, que tiene treinta y tantos”
Se la tarareo a mi asesor financiero, que no me entiende. Habrá que aprender a conocernos.

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