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Estaba hoy comiendo con un amigo, compartiendo las batallas diarias, y me espeta, sin piedad, “que siempre estoy luchando conmigo misma, buscando una constante aprobación, en todos y cada uno de los retos que enfrento”.

Como me educaron bien – ¡ay! esas monjas carmelitas austeras y exigentes –, le respondo con medio sonrisa y le miro de perfil –mientras pienso- , algo debe tener  de razón porque me remueve.

Y aunque él no se da cuenta, los infinitos procesadores de mi mente vuelan ya en distintas direcciones, y se pierden en razonamientos paralelos y diversos.

No quisiera ser una eterna insatisfecha. Dijo Henry H. Haskins: “la insatisfacción es la sombra de la ambición”.

Vivimos una época acelerada en la que todo parece ser posible. Hay jóvenes millonarios que no llegaron a cumplir aún la treintena. Son futbolistas, cantantes, o los que inventaron el “Facebook” de turno.  El mensaje que subyace en los medios, en la sociedad, es que el éxito está directamente relacionado con el dinero, con el poder, y que ello implica la felicidad.

Luchamos con tenacidad para conseguir el “santo grial”, versión siglo XXI.

El mito del “recipiente sagrado” no es exclusivo de la religión católica, sino que se encuentra en las distintas culturas y religiones, en formato parecido. Suele ser un cuenco, una piedra preciosa o una vasija, y su posesión debiera conferir rejuvenecimiento, inmortalidad o transformación espiritual.

Suele interpretarse como una búsqueda del conocimiento, que, quizás, puede derivar en poder o en felicidad.

En la película del Rey Arturo, cuando buscaba el Santo Grial con sus caballeros, creo recordar que requería un esfuerzo enorme. Y solo los mejores podrían conseguirlo.

Hoy en día, cada uno busca el Grial por su cuenta y riesgo. Conscientes de la velocidad del tiempo y de los cambios, exigimos un placer inmediato y egoísta.

En el ámbito profesional, es difícil encontrar un equipo integrado como los de Camelot. Más bien se fomentan actitudes individualistas.

Los insatisfechos creen merecer lo mejor, y nunca ven el vaso suficientemente lleno. Algunos van cambiando de proyecto profesional, de compañía o de función, en aras de una felicidad, un reconocimiento, su Grial.

En el ámbito personal, la lealtad no es un valor que cotice en las primeras posiciones. El objetivo primordial suele ser la satisfacción inmediata y constante. Quiero ser feliz. Por encima de todo.

Vivimos en los últimos meses una moda coyuntural del “speed dating”, incluso “speed mentoring” o “speed coaching”. Pretendemos concentrar en minutos el conocimiento, la confianza.

Los insatisfechos permanentes, viven en pos de una quimera escurridiza, sin disfrutar de lo que consiguen.

Dicen –he leído- que la insatisfacción crónica proviene de una profunda inseguridad. Y que la seguridad se gesta en la infancia, y se malogra en individuos que o bien han sido sobreprotegidos o bien no han sentido el amor familiar en su debida intensidad.

Conozco a tipos que van mudando de profesión, de ciudad, o bien de pareja; sin valorar lo que han construido, el impacto familiar. El compromiso no va con ellos. O lo someten a su satisfacción o disfrute –felicidad- coyuntural. A uno le dije una vez: “quien a hierro mata, a hierro muere”, famosa sentencia de “Pedro Navajas”.

No me siento reconocida en dicho perfil. Es cierto que me emocionan los retos constantes, pero soy capaz de disfrutar de lo que voy consiguiendo. No soy una insatisfecha permanente. Valoro lo que consigo y me comprometo en los proyectos que asumo. Bueno, casi siempre.

Regreso con todos mis sentidos a la conversación en la mesa, mientras devoro el pollo al curry, con un picante subido, y le respondo a mi amigo, que mi caso es que tengo un gen algo “masculino”, y me encanta conseguir, cazar, mejorar. Pero que soy disfrutona.

Se alegra. Y me suelta como postre, que las personas no cambiamos con la edad. Que la respuesta emocional de un individuo es constante a lo largo de la vida. Me deja de nuevo anonadada, fuera de lugar.

Y me pongo a hablar de futbol. Para romperle los esquemas, simplemente. Para frivolizar. A veces, sale la rubia peligrosa que hay en mí.

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23/06/2013
Primeira vez En Sao Paulo, que no en Brasil. Estuve hace 20 años en Rio de Janeiro para asistir a una boda. Qué distinto