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A mis pies, se abría la ladera, cubierta de hierba húmeda, raíces, matas y algún árbol. Al final de todo ello veía mi grupo, la maestra y el resto de niñas. Al ponerme en pie y soltar el árbol donde me agarraba, caí rodando sin fin, hasta chocar con el barro que rodeaba el bebedero de las vacas. Siempre puede ser peor; al levantarme, llorando pero manteniendo cierta dignidad, me agarré a unas ortigas traicioneras.

Mi primer tropiezo relevante. Eso fue hace décadas -muy pequeñita-, cuando intenté capitanear una incursión prohibida en el bosque cercano a la ermita dónde nos llevaron a merendar. No sé si me dolieron más los golpes, la reprimenda de la maestra, o la sensación de fracaso como líder. Por suerte no habían llegado las vacas a beber.

Creo que siempre supe dos cosas: que no soy dócil –no me gustan las reglas-,  y que tengo una excesiva confianza en mis capacidades.

Aprendí rápido a medir los riesgos físicos, aunque todavía me embarco en aventuras emocionales y confío en mi capacidad de superarme.

Esa “confianza” la he percibido como una fortaleza. He sido “fan” de la frase de Henry Ford “Whether you think you can do it or not, you’re usually right”.

Y estaba leyendo un artículo de Tomas Chamorro-Premuzic, sobre la relación entre “confianza y competencias” y el tipo opina que la auto confianza está sobrevalorada, y que en realidad es una estrategia para compensar un bajo nivel de competencias. Anonadada, me rompe los esquemas.

El artículo empezó bien. Describe las dos vertientes de la confianza: la externa, que nos hace parecer extrovertidos, carismáticos, y la interna, que puede llevarnos a parecer algo arrogantes.

Habitualmente, las personas “extrovertidas” –que muestran su nivel de confianza al exterior- suelen ser habilidades sociales, y en nuestra cultura, la confianza se confunde con competencias. Y se asume, que estas personas son más capaces.

Hay una gran diferencia entre confianza y competencia. Las personas competentes suelen desarrollar confianza en sí mismos, pero las personas con un nivel alto de autoconfianza no tienen por qué ser competentes.

Por eso es tan difícil “valorar” cualidades profesionales. Tienes que tener el entendimiento del negocio, de la función, para discernir entre las referencias del profesional, su bagaje, sus logros,… si realmente la persona tiene el talento que buscas.

Si no conoces el ámbito en el que se desenvuelve dicha persona, sueles valorar más positivamente a los que tienen un mayor nivel de confianza. Eso sucede en gran número de organizaciones, si el proceso de valoración no es exhaustivo o no tiene un enfoque respecto a los objetivos determinados de negocio.

Llegamos a otro punto interesante: hombres y mujeres tenemos –en general- distintos niveles de confianza y humildad. Nosotras solemos ser más humildes, lo que suele conducirnos a tener una menor valoración en las compañías o en los procesos de contratación. Lo cual ralentiza nuestra evolución en la carrera profesional.

Es una realidad, yo lo experimento en la mayor parte de entrevistas que vivo. Y son muchas. Además, la sociedad “penaliza” a las mujeres que muestran rasgos de elevada confianza, se las percibe como “amenazas” para el grupo.

He invertido tiempo en decir a todas las ejecutivas con quiénes me cruzo, que tienen que reforzar su auto confianza y mostrar sus logros y exigir su recompensa, como hacen los hombres. Y dice Chamorro-Premuzic que no es así, sino que los hombres deberían ser más humildes. Ya, ya.

Me quedo con el aprendizaje de que debemos “ajustar” los criterios con que analizamos a las personas, en función del género. Si no, vamos a seguir premiando al varón con mayor autoestima y confianza.

Cada día que pasa, me sorprendo de lo distintos que somos. Hombres y mujeres. Complementarios en ocasiones, condenados a entendernos. Estamos de paso, buscamos la felicidad, la percibimos distinta, nos expresamos en base a datos o a emociones. Qué aprendizaje.

Me surgió recordar a Dickens, en dulce contradicción: “Pocos lugares existen a los que me parezca tan grato regresar, cuando estoy de mal humor, como aquéllos en los que nunca he estado”.

A veces me parece que habla del amor. Será el influjo del sol, tan cerca del solsticio de verano.

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