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Será que el tiempo que viví en Argentina –años ha- me impregnó de la necesidad de autoanalizarse de forma continua. No está mal; el autoconocimiento es clave y básico en la mejora.

Llevo unos meses con cierta angustia digital. Un primer síntoma fue enamorarme de mi iphone, como una “teenager” cualquiera. No puedo vivir sin él. Lo necesito cerca; en las reuniones lo observo de reojo, por ver si vibra. En las comidas lo palpo con discreción para iluminarlo de vez en cuando. Por las noches, no duermo tranquila si no sé que está cerca.

Luego me descubrí desayunando, leyendo el periódico en la tableta –pasando página con la mano derecha- y revisando los correos nocturnos en el móvil con la mano izquierda –una screenager, dicen que soy-.

Tras varios días en que el mollete y el café del desayuno se me quedaron fríos, determiné que tenía un problema.

Navegando por la red, inicialmente me auto diagnostiqué como “FOMO” –Fear of missing out- , la angustia que sufrimos algunos de estar perdiéndonos algo en el mundo digital.

El miedo proviene de sentir que “nos estamos quedando atrás”. Leo en HBR (ahí me acerco a aprender), que un estudio en C-Suite determina que el 40% de directivos en Marketing creen que deben reinventarse y solo el 14% tiene idea de cómo hacerlo.

Una encuesta en IMD a directivos de primer nivel predice que el 40% de los “incumbents” (líderes) de cada industria habrán sido claramente desplazados (o arrinconados) en menos de 5 años.

El ratio de cambio es enorme. Nos genera una sensación de engaño. Es curioso, hemos crecido pensando que tenemos décadas para envejecer, para ir madurando. Desde el punto de vista físico es así. Vamos cumpliendo años a una cierta “velocidad”, que nos da tiempo a asumir que perdemos algunas capacidades y nos compensa la sensatez y madurez que vamos desarrollando.

Pero en los negocio, o como directivos, el ratio es tan algo, que muchos no sabemos cómo no descolgarnos del cambio. Cómo aportar valor.

El temor a quedarnos atrás, respecto a empresas o carreras profesionales se denomina FOBO (Fear of Being Obsolete). Ansiedad, o miedo a que el mundo está cambiando tan rápido que nuestras compañías o carreras profesionales se quedan desfasadas.

Los que se descuelgan de multinacionales –normalmente anglosajonas- con un alto nivel de inversión en investigación, formación, innovación, sufren claramente esta fobia. Cuando uno está en una organización que “empuja” el conocimiento de forma continuada, es más fácil estar al día.

El individuo tiene capacidades y experiencias. Pero su valor –o su capacidad de generar un alto rendimiento- es distinto en un entorno altamente innovador que en un ecosistema menos retador.

La pregunta del millón es qué podemos hacer en esta coyuntura de cambio acelerado para prevenir la obsolescencia.

No se trata de actualizarnos en lo que hacemos, se trata de renovar la forma en la que pensamos.

Si cambias lo que haces, sin modificar tu forma de pensar, seguirás en la misma línea.

Si pretendes imitar el éxito de Uber –por ejemplo-, creando un servicio parecido basado en apps, serás un mero imitador; en cambio llega cuando consigues entender el pensamiento de usuarios de plataformas (platform, crowd). Es así, hay que pensar distinto; (Mark Bonchek CEO de SHIFT Thinking).

Nuestros hábitos de diagnóstico (causa – efecto), nos llevan a resolver situaciones, pero en base al mismo esquema mental.  Y ya no nos vale. Un indicio es analizar las iniciativas de éxito, y entender cómo piensan.

Los dodos eran unas aves  parecidas a los cisnes, con cabeza grande y pico robusto… pero con unas alas cortas, que les impedían volar. Tenían unas plumas coloridas, atractivo para cazadores, que las extinguieron en el siglo XVII. Las últimas vivieron en Isla Mauricio.

Hay que aprender a volar. Y si no… a correr muy rápido.

 

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