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No se puede dar de lo que no tienes. Es obvio. Igual que no puedes prestar dinero a tu cuñado si tienes la cuenta corriente bajo cero, uno no puede transmitir paz, si en su interior bullen miedos o tensiones. No se puede motivar a un equipo, transmitir energía, tranquilidad, amor,… si en tu interior no tienes todo eso. No se puede crear un ambiente agradable, generar felicidad, si tú no la sientes, si no eres feliz.
Entre las múltiples conferencias que atendí en los últimos meses, me contaron que la felicidad es un hábito que se puede desarrollar. Igual que dejar de fumar, o aficionarse al deporte, cuesta más o menos. La capacidad de sentirse feliz depende de ciertos rasgos genéticos (hay sagas donde todos son alegres o tristones), de las circunstancias y de la voluntad. Como mi voluntad ciertas veces manifiesta volatilidad, me convenzo pensando que, si me siento bien, emanaré felicidad y conseguiré generar en mi entorno satisfacción. Que mis compañeros y equipos estén contentos en el trabajo, que mi familia tenga ganas de compartir más tiempo conmigo. Para ello, uno tiene que empezar consigo mismo. Quererte a ti mismo,
cuidarte. Tú eres el máximo responsable de tu vida.
Dicen que hay unos ciertos elementos comunes entre las personas felices; entre ellos destacan dos: las personas felices suelen ser agradecidas, y suelen tener sentido de la transcendencia en su quehacer diario.
Ser agradecido requiere una valoración positiva de tu entorno. Y eso, alimenta tu sensación de felicidad. Hay padres que enseñan a sus hijos a dar las gracias cada noche por algo que pasó durante el día. ¡Qué hábito tan sano! Tomarse unos minutos, para valorar algo sencillo que sucedió, que nos gustó, nos dio placer… nos vincula a la realidad, y nos genera satisfacción. Nos da perspectiva.
En cuanto a valorar lo que haces, pensar que tu trabajo o labor diaria tiene trascendencia, que aportas a la sociedad, que ayudas a personas, lo que sea o como sea, nos hace sentir que tenemos una misión, un objetivo, que tiene sentido nuestra existencia. Sencillo.
La actitud que nos vale es la de esforzarnos en ver lo positivo del entorno. Uno siempre puede elegir entre ver lo blanco, lo negro, o los colores. Hay quién tiene el hábito de encontrar los defectos, lo mejorable. Dicen que las expectativas que pones en los demás, tienden a ser cumplidas (efecto Pigmalion). Cuando confías en alguien, ves y expresas sus capacidades, hay más posibilidad de que esta persona consiga las metas, los objetivos. Tú puedes elegir a dónde miras, cómo miras. Tu emoción, tu sentimiento, es el que sigue a tu mirada. Tu emoción es la que te da la energía.
Tuya es la decisión. Empieza ya mismo a quererte. Comer bien, descansa, disfruta mucho. Para despertar y vivir cada jornada con intensidad.

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