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En Navidad me pongo el disfraz. No me refiero al de Rey Mago o pastorcilla -que no me veo-, sino al de buena hija, cálida hermana, tía fantástica… todos los roles que tenga que desarrollar.

Como la convivencia familiar es breve, consigo transitar esos días con un halo de buena persona. Hasta que en un momento bajo la guardia, y sale ese temperamento salvaje que habita en mí. Un punto de mal carácter.

Tenía claro que no quería discutir de política, es una decisión tácita en muchas familias catalanas, y soslayé el tema independentismo / presos políticos y similares. En cambio, perdí las formas enfrente del Telediario / Telenoticias, discutiendo con mi padre sobre el Gobierno en ciernes, ese acuerdo a varias bandas que se está cocinando. Es increíble cómo surgen en una discusión los cadáveres que cada uno tiene en el armario. Estamos en las antípodas ideológicas. Es difícil querer a alguien tanto, y tener creencias tan dispares.

Al rato me sentí muy mal. O enseguida. Pienso en qué “dice” ese arrebato de mí. Quizás me cuesta convivir con los que son distintos. Y eso significa intolerancia.

Mi amigo P. -que no me lee porque no le gusto- me diría que simplemente hay que evitar a los que son distintos. Él opina que la familia es lo peor de la Navidad. Que es un concepto socialdemócrata, un impuesto de por vida. Parafraseando a Cajal, la familia es como la inteligencia: cada uno está muy contento con la que tiene, nadie se considera idiota.

No sé si la familia es obligación o devoción. Quizás debiera ser un punto medio.

No todas las familias son felices. En realidad, ni nadie ni ningún conjunto es feliz de forma continuada. Me parece una estupidez (eso lo diría P. -mi amigo-).

La etapa que recuerdo con más felicidad en Navidad es cuando hay niños. Transmiten inocencia, fe, ilusión. Uno se contagia con facilidad. Subidón.

Ahora, hay familias reinventadas. Padres con hijos de distintas camadas. Ex parejas enfrentadas, que tiran de los hijos con egoísmo. Parejas que siguen juntos por obligación, supervivencia o miedo. Y también abundan las personas equilibradas, generosas, respetuosas, que fomentan la alegría del conjunto. Como pueden.

Cada uno debería comprometerse a trabajar, para que la familia sea una devoción, en Navidad y siempre. Hay que ser muy consciente del impacto que generamos a nuestro alrededor.

En su última novela “Alegría”, dice Manuel Vilas: “Metí a mi familia en un libro que tenía música y es la cosa más hermosa que he hecho en la vida. ¿Estás loco?, me dijeron muchos. No, es solo amor, contesté. Solo amor, y necesidad, e ilusión”.

Este año, he tenido la sensación de estar viviendo la Navidad como un periodo de consumo, de vacaciones, poco más. Desconcertada entre los anuncios de perfumes -que boludez, no transmiten nada, no se entienden- y los numerosos mensajes festivos que nos llegan al móvil, sin personalizar, de personas a quiénes quizás no vemos en todo el año.

Se pierde el espíritu religioso de la celebración. Para los no creyentes, quizás al menos tornar estos días en una etapa de reflexión. Y no me refiero a los mensajes de paz y amor y propósitos que abundan en Fin de Año (mi amigo P. diría que son mensajes tipo Jorge Bucay, a quién no soporta).

La Navidad va de Amor, de Perdón, de Fe. O eso creo yo.

Me he perdonado a mi misma, por el mal rato de la discusión con mi padre.

Y de ahí me quedaron claros los propósitos para mi nuevo año, este 2020. Debo trabajar la tolerancia, la escucha, y la positividad. Y la paciencia, que voy escasa.

Nadie está en posesión de la verdad. Hay filtros y matices que nos hacen percibir la situación de muchos colores. Los que no hemos votado al nuevo gobierno -el de Juego de Tronos-, vamos a desarrollar mucha tolerancia. Pero mucha.

Escuchar es clave para aprender. Cada vez me gusta más.

No quiero dar entrada en mi vida a lo que no sea positivo. No se lo pondré fácil. Es una actitud.

La paciencia se me resiste. Siempre he sido algo acelerada.

Sigue Vilas diciendo en “Alegría”, que hemos construido la ilusión del acompañamiento, la invención de la familia, de la amistad, de los vínculos incondicionales… para paliar la realidad de la soledad. Quizás. Pero yo quiero seguir viviendo en esa invención.

Adoro las luces de Navidad. Anoche me di un paseo por la ciudad para despedirme de ellas. Soy como los indígenas americanos. Se me engaña con cualquier cosa que brille. Cada año, deseo con intensidad que duren para siempre. Cuando se apagan, y volvemos a la realidad, al menos nos quedan los buenos propósitos.

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