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Cincuenta
y cinco

Mis padres cumplen cincuenta
y cinco años de casados, y bien. Es decir, conviven satisfactoriamente, en un
estado simbiótico, en el cual resulta difícil diferenciar, por ejemplo, quién
decide qué, están mimetizados.

Se casaron con 20 y 23
añitos, y si consideramos que empezaron “de novios”, con 15 y 18, realmente es
toda una vida.

No sé qué le vio mi padre a
una chavala tan flaca, todo piernas, quizás la energía y simpatía. Él era bien
guapo, destacaba.

Mi madre cuenta que
coincidían en la sesión doble de cine de la tarde del domingo. Las chicas por
un lado, los galanes por otro. Como las películas en blanco y negro. Mi padre
lucía gabardina, reloj y tenía moto. Y un día, él forzó un breve aparte, para
comentarle que quería tener una relación con ella.

Hábilmente, mi madre demoró
la respuesta hasta el siguiente domingo, para aceptarle bajo condición de
establecer una relación “seria”, formal, de noviazgo.

Siento curiosidad infinita
por saber qué pensó cada uno de ellos durante esa semana de espera, de ilusión,
de ansiedad. Casi desconocidos, que deciden empezar una relación de pareja, una
unión, compartir emociones y sentimientos; ¡lo que les quedaba por vivir!.

Si hoy en día, conocerse,
comprenderse, es difícil, no puedo imaginar cómo debía ser cuando lo máximo era
un beso fugaz, ocasional, bañado en remordimiento. Sin ejemplos de modelos de
relación, sin saber cómo comunicarse, como pedir, más que la intuición pura.

Era una decisión basada en la
ilusión, el sueño de construir algo en conjunto. Sin saber siquiera cómo es uno
mismo.

Fueron asumiendo los cambios,
las dificultades, en conjunto, como un equipo, evolución en paralelo, en base a
la voluntad y a asumir el destino.

Con los años, la personalidad
de cada uno se fue forjando. Mi madre con más iniciativa, más moderna, abierta
a los cambios en cierta medida. Para nosotras, se erigió en el orden familiar,
la portavoz que siempre esgrimía una famosa frase: “tu padre y yo hemos pensado…”.

Mi padre, más reservado, en
ocasiones vivaz. El dinero nunca ha sido importante para él, vivir tranquilo y
sembrar para el futuro, para el nuestro.

Los últimos veinte años han
convivido con más intensidad. Sin hijos en el “nido”, sin obligaciones
laborales, determinando qué quieren hacer con ese tiempo laxo y a la vez tan ciertamente
finito.

Los he visto disfrutar.
Bailar mucho, viajar, pasear, descansar. Ayudarnos siempre.

Discuten por el  mando de la tele, o cuándo mi padre se da
cuenta de que su cónyuge le está mandando; por Dios, qué tópicos.

Para mí, son un ejemplo de
compromiso y respeto.

Ambos han sentido la
determinación de ser una pareja, una familia, por encima de la individualidad.  Los anhelos particulares se posponen al bien
común. Eso es compromiso.

A pesar del mando de la tele,
o del punto del arroz, siempre se han respetado.

Nos han dedicado, como han
sabido, todo su esfuerzo y capacidad. No son perfectos. Uno aprende a amar la
imperfección, incluso con intensidad.

A veces, son mis amigas,
elucubramos sobre nuestra vida, sobre la felicidad. Alguna fantasea con “cambiar
su vida”, en aras de una ilusión de un nuevo amor, una pasión reciente, una
independencia, sintiendo una cierta decepción. Y ahí arrastran a una crisis a
toda la familia. No sé qué decirles.

Quizás actualmente prima la
necesidad de satisfacción inmediata, el corto plazo, o el placer hedonista del
individuo. El amor, ¿es una emoción, una decisión o un compromiso?

Vamos a celebrar los
cincuenta y cinco en unos días. No sé si seré capaz de decirles cuánto valoro
su ejemplo de compromiso y respeto. Probablemente no lo haré. Mi padre es un
sensiblón, que llora en todas las pelis románticas, y eso lo heredé de él. Me
emociono demasiado.

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