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Los camaleones hacen que cambiar de color parezca sencillo. En unos instantes, pueden cambiar su tono de piel para intimidar a depredadores, camuflarse o encontrar pareja (National Geographic).

También las sepias cambian su textura de la piel, imitando a su entorno, generan unos bultos que las hace parecer caracolas de mar.  Pura supervivencia. Eso si, nadie cuenta lo de las sepias, porque es mucho menos glamuroso.  Difícil que hayas visto las sepias en Instagram. Qué pena.

No sé si soy camaleón o sepia, pero está claro que evoluciono día a día.

He contado más de una vez, que las personas reaccionamos ante el estrés de muy diversas formas, pero se podrían clasificar (según HOGAN HDS dark side) en los que, bajo estrés:

  1. “se alejan de los demás”: las personas de este grupo manejan las inseguridades intimidando y evitando a los demás. Cuando creen que han detectado una amenaza, reaccionan enérgicamente para eliminarla, aunque sea huyendo de la misma. Sálvese quien pueda.
  2. “se ponen en contra de los demás”:  son los que no asumen que tengan nada que ver con el problema, y buscan a quién cargárselo, lo primero es encontrar un responsable que no sea él mismo.
  3. “encima de los demás”: los típicos jefes que en situaciones de estrés se meten hasta el mínimo detalle.

Lo importante es saber cuál es tu forma habitual de reaccionar, para controlar el exceso.

En mi caso, estoy en la opción de alejarme del problema -la 1-, y me vuelvo algo individualista (o mucho, depende del caso y de quién lo valore).

En este drama que vivimos, cada día me descubro más despegada de la evolución, más cansada de las noticias siempre negativas, con mayor foco en lo que yo puedo hacer.  A lo mío.    

Tengo la sensación de que alguien está jugando con nosotros, como cuando los científicos experimentan con los ratones para ver su reacción. Para ver si cambiamos de color.

Un año casi en blanco en muchos ámbitos. Sin viajes, con pocos besos, torciendo planes.

Y con muchos cambios.

La higiene. Me lavo las manos tropecientas veces al día. O al menos, mucho más que antes. Cuando me siento en una cafetería a tomar café, intento no dejar el móvil en la mesa. Y si tengo que hacerlo, luego lo desinfecto con el famoso gel.

En cambio, cuando voy de tiendas, o en el supermercado, finjo que me echo unas gotitas de ese mejunje que nos ponen, y que nunca sabes si será del viscoso pegajoso, o del fluido ligero que acaba en el suelo. Despellejan las manos.

El miedo. Que sorpresas. Hay un rango relevante entre los osados casi negacionistas o descerebrados, que intentan llevar una vida lo más normal posible, y los que no tienen otra conversación, cuentan los infectados y se saben la composición de cada vacuna. Yo tiendo a ser más cercana a los osados, y en algunas ocasiones -Navidad- me costó entender que el miedo es libre, y hay que respetar las emociones que cada uno tiene. Y nos juntamos poco. Aun me da pena, pero sé que es una coyuntura, ya recuperaremos abrazos.

Hace unos días me tomé una caña con un conocido en un bar. Y siendo servidora pelín descerebrada / osada, me sentí preocupada porque mi compañero de mesa se reía muy fuerte, y me saltaron a la mente la imagen de la cantidad de virus que me podía estar transmitiendo. Me estoy volviendo loca. Tengo que dejar la televisión y todas las noticias.

El contacto físico. Ahí ando sin saber cómo posicionarme. Por un lado, echo de menos poder abrazar y besar a todos los que quiero con normalidad. Por otro lado, me he acostumbrado a no tocar a los desconocidos, o poco cercanos. Y me siento mejor. Esa costumbre tan española de besar a cualquiera que acaban de presentarte se me está olvidando. Y no la echo de menos. Los besos deben ser de corazón.

El mundo virtual. Me desplazo casi todos los días a la oficina. Para cambiar de entorno, charlar con más personas, acercarme a un bar. Pero la mayoría de mis reuniones son virtuales. Antes no hubiera presentado “candidatos” a un cliente sin verlos, y ahora es lo habitual. No es lo óptimo. Está claro que las personas no te transmiten lo mismo a través de una pantalla que en la realidad. En un encuentro físico, valoras las miradas, las expresiones, las reacciones, cómo se sienta el candidato, cómo te mira y hasta cómo huele…. En video conferencia puedes valorar las competencias técnicas o “hard skills”, pero es mucho más difícil percibir la personalidad. Requiere más tiempo.

El video se ha instalado en nuestras vidas. El trabajo, las charlas con amigos, las sesiones de gimnasio. Me vuelvo loca.

Esta mañana me fui a un bar a tomar café. En la mesa de al lado, un señor mayor -más de 80 años-, desayunando. Estuve por darle un abrazo. Por todo lo que significa.

Mentir. Nunca me han gustado las normas que no entiendo, pero intento respetarlas. (Intentar es un verbo que no suele estar en mi diccionario. Significa que no tienes compromiso). En Navidad, había planificado un viaje a otra Comunidad, y el día antes cambiaron las normas. Me hice los 700km en el día que yo había decidido sufriendo por si me paraban y no podía justificar la legalidad de mi viaje. Y así, unas cuantas ocasiones. Ya empiezo a sentir adrenalina cuando me salto la regla de turno. Ayer me fui del restaurante a las 21:05h y sentí excitación. Mi excusa es que las normas son irracionales. Supongo que es egoísmo.

Echar de menos. Sueño con pasear al borde del mar sin mascarilla. Poco más.

Echar de más. La paciencia. El foco en el día a día, en el presente. Ayer ya se fue y mañana no sabemos.

No voy a cambiar de color. Siempre al rojo.

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