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Cuando voy de compras, me gusta oler y tocar. La fruta, si puedo, intento olerla – mi padre siempre tantea los melones por el ojete trasero-, y las telas, las palpo para sentir la suavidad.

El sábado estaba acariciando unos calcetines de lana –virgen, decía la etiqueta-, cuando leí un adhesivo brillante “Made in France”. Hace pocos días me pasó lo mismo un jersey de aparente calidad, etiquetado como “Made in Germany”, y, por supuesto, más caro que el resto de prendas parecidas.

Me invadió la reflexión que me ronda estos días: ¿estamos relocalizando la producción en países Occidentales?

En las décadas prodigiosas, los 70, 80, 90, la región anglosajona ha vivido una ola de crecimiento desquiciado, que ha generado una recaudación de impuestos desbordante, que ha permitido a los gobiernos crear y mantener un estado del bienestar con más o menos sentido. Simplificando, que luego mi amigo Paco me toma por tonta.

Éramos felices, porque dicha coyuntura, que se antojaba indefinida, creó millones de puestos de empleo productivos –“blue collar”- alrededor de las distintas industrias. En USA, Europa Occidental, todos tenían un trabajo. Los españoles emigramos en hordas a Suiza o Alemania como mano de obra barata de las factorías.

A nosotros nos llegó con una década de retraso, y conseguimos rebajar nuestro porcentaje de desempleo por debajo del 10%; inconcebible conociendo nuestro marco regulatorio.

Hace unos años, en vacaciones, compartías crucero con el taxista y su familia, y en el Caribe –aviones con las panzas completas de españolitos-, se mezclaban el pintor de brocha gorda, el obrero industrial y el ejecutivo incipiente.

A la par, el avance de las tecnologías y comunicaciones ha favorecido la expansión de las multinacionales, en su ansia por crecer, lo que hemos llamado globalización. –Paco, sigo simplificando, que si no, no me lee nadie-.

Ahí, coincidiendo con una apertura política y el desarrollo de ciertas economías, principalmente en Asia, y de la competencia atroz entre las multinacionales por sumar mercados y consumidores, surgen las primeras iniciativas de deslocalización.

El que reduce costes, baja precios y aumenta resultados. El concepto se extiende como la pólvora. –Por cierto, ¿la pólvora también se creó en China, no?

A los consumidores nos incitan a comprar, y nos excita consumir. “Fast food, fast clothing”. Los ciclos de consumo se acortan. Lo que antes duraba años –un abrigo, un televisor- ahora se recicla con alegría. Es barato.

Y nuestro panal de las abejas obreras, se va vaciando, porque las factorías se trasladan a zonas con costes menores. Todos hemos contribuido a ellos.

Sin darnos cuenta, nos asaltan imágenes de un Detroit –cuna de la industria de automoción en USA- como un triste panal, sin celdas, sin abejas y sin reina; o de Liverpool con obreros en paro reivindicando un futuro, jarra de cerveza en mano.

Nos hemos cargado el estado del bienestar, porque hay un grupo social que no tiene otra opción, otra formación u oportunidad que ser abeja obrera. Y no nos queda panal para libar su miel.

En Europa dicen que en Asia no tienen nuestra capacidad de innovar, que sólo copian, y ahí nos abocamos todos, a ser creativos, experimentar. Pero no vamos a reconvertir a nuestros obreros en investigadores, ni el sector servicios necesita tantos camareros.

Los privilegiados “White collar” nos cuesta entender que hemos perdido el nivel de bienestar social. Nos sorprende que salga un líder con coleta –cual abeja reina- que revive el marxismo desteñido y que le aplaudan.

Recién termino un diagnóstico organizativo de una compañía, y he tenido el placer de pasar tiempo con comerciales de a pie, de los que tienen un salario neto mensual por debajo de 1.000€. Difícil planificar un futuro atractivo, la miel se torna agria.

El caldo de cultivo está en el panal vacío, en esos obreros que no tienen alternativa. Ahora, a Alemania emigran los ingenieros. Allí también hay menos fábricas, y ya están copadas por otros emigrantes.

En España han sobrevivido algunas industrias. Aquéllas en que el “lead time” es primordial, como la Alimentaria, o algunas que han sido capaces de aunar innovación y competitividad. Es un esfuerzo de ciertos colectivos: automoción, farmacéutico…

Otros sectores han seguido subvencionados –como las anacrónicas minas de carbón-, condenados al fracaso.

Si queremos que nuestras abejas obreras vuelvan a libar alegremente el panal, tendremos que alinearnos al máximo en educación, reformas laborales para tener un marco flexible, etc…. Ya nos sabemos el camino. Lo básico, el primer paso, es ser consciente de lo que está pasando.

La crisis económica ha sido un Tsunami, tumultuoso, ruidoso, amenazante. La deslocalización industrial ha sido un cáncer silencioso, que ha minado nuestro panal de rica miel, dejando a tanta gente sin oportunidad laboral. La combinación del Tsunami y el cáncer es devastadora.

Me compro los calcetines franceses de lana virgen, suaves y mullidos. No se me ocurre nada mejor.

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